La Culpa

 

Desde que consiguió trabajo de recepcionista en el centro, hace ya más de tres años, Alejandra bajaba del colectivo en la misma esquina y en el mismo horario todos los días, nada parecía variar, el 143 la había recogido en Paseo Colón y Perón a la misma hora que de costumbre, la fastidiosa maquina de boletos, como era de esperar, le devolvía las monedas de diez centavos cada vez que ella intentaba sacar el boleto. – No salió chofer.- Vuelva a ponerlas, pero de a una a la vez porque sino se traba. Y otra vez a recoger las ocho moneditas de diez centavos que esperaban en complicidad con la máquina de boletos, volver a jugar una broma insostenible para quien termina un día laboral en el centro, pero al fin el boleto salió y Alejandra buscó un asiento vacío junto a una ventanilla, casi siempre era el de la cuarta fila de dos asientos, caminó unos pasos en los cuales reconoció a varios de los pasajeros que mezclan sus rutinas con la de ella en el colectivo, se sentó, acomodó la cartera entre la ventanilla y sus piernas y perdió la vista en vidrieras y carteles aprendidos de memoria, Zapatilleria Cavallino, Farmacia abierta 24HS, Almacén Los Hermanos, hasta llegar a Lugano, donde la esperaba la esquina de todos los días.

La tarde, ayudada por el invierno, había convertido al día en noche y las calles por las cuales Alejandra tendría que transitar estaban desiertas y poco iluminadas, un sentimiento de angustia la invadió, pero solo eran cinco cuadras hasta su casa y el haberlas recorrido durante tres años en el mismo horario, en veranos calurosos con la última luz del día y los chicos todavía andando en bicicleta y en inviernos más fríos y oscuros que este, le daban la seguridad de la costumbre.

Prendió un cigarrillo necesario después de una hora de colectivo y cruzó la calle, el viento le hizo lamentar no haber llevado la campera al trabajo y se conformó con abrochar el saco negro hasta arriba, sin poder cubrir la totalidad del cuello semidesnudo contra el frió.

Al llegar a la vereda opuesta su mente estaba ocupada en un pequeño incidente que tuvo en el trabajo con una persona que no tenía intenciones de esperar que el encargado de ventas de la empresa vuelva del almuerzo y pretendía que Alejandra lo haga aparecer con algún conjuro Druida perdido en el tiempo, a veces tan esencial para los empleados de relaciones humanas, pero Alejandra carecía de raíces Celtas y los dioses Olímpicos de sus antepasados parecían no escucharla. – Yo estaba citado para la una y cuarto, ¿cómo no va a estar?. – Salió hace cuarenta minutos a almorzar, ya debe estar por venir, si podría esperarlo unos minu.... – Pero llámelo y dígale que yo estoy aquí. – Pero el no está en la empresa, no lo puedo llamar, si lo pudiera esper... Y Alejandra fue llamada inoperante y victima de algunos insultos menores que le ocupaban la cabeza en la vereda opuesta a la parada del colectivo y la aislaba de la calle y del frío, sin poder notarlo, él con un cigarrillo en la boca, apoyado contra una pared de la otra esquina, seguía con la vista los pasos de Alejandra.

Por más que pensara toda la noche en lo que había ocurrido en la recepción, no iba a poder cambiar el sabor amargo del episodio, así que Alejandra le echó una última maldición e intentó sacárselo de la cabeza, volviendo de sus pensamientos sintió que todo estaba más desolado que de costumbre, volvió a cruzar la calle y caminó unos metros hasta el kiosco donde ella compraba cigarrillos, antes de llegar descubrió que el farol que iluminaba la entrada al local estaba apagado, dando un toque antinatural a la escena que ella recordaba en su mente y entendió el sentimiento de desolación que la había invadido en la cuadra anterior, la luz faltante ahogaba ese sector de la vereda en la oscuridad, que jamás ella había visto sin luz, también le pareció extraño que el kiosquero no esté sentado en la puerta como era su costumbre, primero pensó que el frío podía ser el causante, pero esa idea se disolvió rápido de su mente ya que el dueño del kiosco era un gallego duro, ya jubilado y bastante mayor, que vino como tantos otros escapando de la guerra civil y un poco de frío no podía privarlo de su costumbre, tal vez estaría atendiendo dentro del negoció pensó, pero al llegar a la puerta del kiosco vio la persiana cerrada y notó un cartelito pegado con cinta skotch que decía: “cerrado por duelo”, Alejandra se detuvo frente a la persiana y pensó en quien podía haber fallecido, esperaba que no fuera el dueño, quien le vendía los cigarrillos junto con una sonrisa amable que nunca le faltaba y hacía sentir a Alejandra una gran ternura hacia el anciano, se le dibujo un gesto de incertidumbre en el rostro y creyó que al llegar a su casa alguien le contaría sobre las desgracias que colgaban del cartel pegado en la persiana cerrada.

Sus ojos no dejaron de verla un solo instante desde que bajo del colectivo, su corazón se aceleró al verla descender por la puerta trasera, la vio abotonarse el saco hasta el cuello y se prendió junto con ella un cigarrillo, intentó buscarla del otro lado de la vereda cuando ella cruzaba la calle, pero sus músculos no le respondieron, pensó entonces en terminar su cigarrillo para poder tranquilizarse un poco, los nervios le estaban jugando una mala pasada y sintió miedo de no poder cumplir con su propósito, no podía dejar de verla, no podía perderla ahora que se había animado a hacerlo, la siguió con sus ojos cuando volvió a cruzar la calle, la vio pasar frente a él por la vereda opuesta, se tranquilizó al darse cuenta que ella no lo había notado o al menos así le parecía, pero igual decidió actuar con cautela, ella se detuvo frente a una persiana cerrada, él miro a ambos lados de la vereda y no vio a nadie más, ella no lo presentía, él separó su espalda de la pared, ella pensaba abstraída dándole la espalda, él aspiró por última vez su cigarrillo y lo arrojó con firmeza al suelo, ella acomodó su cartera en señal de retomar la marcha, él se apresuró a cruzar la calle, ella presintió su presencia y giro la cabeza hacia la vereda de enfrente sin poder descubrirlo, él a unos cuantos metros de Alejandra se ocultó de su mirada tras sus espaldas y pensó en no dejarla escapar, no había nadie en la calle que lo descubriera, el farol apagado del kiosco parecía estar de su lado, respiró hondo y aceleró la marcha hacia ella, que caminaba con una rara sensación, presintiendo la desgracia que ya no era la del kiosquero sino la suya, él ya estaba más cerca de Alejandra y una lluvia de imágenes le pasaron por la mente, la sangre, el miedo, Alejandra muerta en sus brazos y la culpa que lo estaba carcomiendo por dentro, su mente lo atormentaba, como podía hacer él semejante cosa pensaba y se miró las manos y las vio llenas de sangre, se asusto por demás, no sabía tampoco como lo haría, solo la veía muerta en sus brazos, vio sus ropas ensangrentadas, se paralizó, Alejandra sintió su miedo y también se detuvo, miró hacia atrás, lo contempló mirándola con los ojos alienados en su ropa, se asustó demasiado, buscó a sus lados la ayuda de un transeúnte, pero estaban solos los dos, no te asustes, no te voy a hacer nada, le dijo a Alejandra perturbado, ella se desoriento, empezó a correr, él la vio alejarse y reaccionó como un animal, sin pensar la persiguió, la juventud de Alejandra le sirvió para alejarse un par de metros, pero él, un hombre fornido y cegado por la muerte no le perdió pisada, le gritó que se detenga, que no le haría nada, pero ella no se detuvo, ni siquiera intentó mirar para atrás, tuvo miedo de correr hasta su casa y que él se metiera en ella, quiso proteger a su hermana y su madre y al llegar a la esquina dobló en sentido contrarió a su hogar, el la siguió sin contemplación, al llegar a la esquina estiró su brazo para poder tomarla pero su esfuerzo fue en vano, dobló junto con ella la esquina sin importarle si hubiera alguien más en aquella cuadra, pero para desdicha de Alejandra aquella cuadra reflejaba el mismo panorama desolador de la anterior, gritó auxilio en la oscuridad de la fuga y su esfuerzo por el grito le restaron fuerzas para correr y él la tomó del hombro, la detuvo con firmeza y resistió los golpes de Alejandra, afirmó sus manos en el pecho de ella y la empujó contra la pared de una casa vieja, el contacto con su cuerpo le devolvió a su mente sus sueños, esos sueños que lo venían perturbando día y noche, el olor a sangre que parecía quedarse impregnado en su almohada por las mañanas, sus brazos sosteniendo a Alejandra muerta, la culpa del homicidio que no lo dejaba vivir, el recuerdo de ver a Alejandra por casualidad sentada en un bar del centro, reconocer su rostro a través del vidrio, el espanto que le ocasionó saber que la mujer que moría en sus manos no era solo un sueño, de seguirla algunos días aprendiendo su rutina, pararse detrás de ella más de una vez en una calle céntrica sin poder decidirse a hacerlo, el no entender por que y como lo haría, la idea de alarmar a Alejandra, de pedirle que tenga cuidado de él, nublado por sus pensamientos, no sintió el coche que frenó a sus espaldas, solo escucho a una de las personas que se bajaron del auto, dame toda la plata gritó, el se dio vuelta vio dos persona armadas que le apuntaban con un arma con firmeza y un tercero alterado por los nervios que lo insultaba para armarse de valor, soltó a Alejandra y esta cegada por el miedo corrió, quedate quieta hija de puta, gritó el que estaba más alterado y al verla huir disparó, Alejandra calló sin vida al piso, que hiciste pelotudo, gritaron los otros dos, vamonos gritó el tercero y se subieron al auto para escapar, él contemplo el cuerpo inerte de Alejandra y caminó hacia el, lo alzó en brazos, la imagen de sus sueños se reflejaba en la realidad, vio la sangre en sus brazos y la culpa lo invadió con más furia que nunca.

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